Saqueaba tumbas, mataba personas y tenía un pasatiempo macabro: fabricaba muebles y otros objetos con la piel de sus víctimas.
Por Ignacio Torquemada
“El infierno está vacío y los demonios están aquí”. La frase de William Shakespeare, en La Tempestad, podría ilustrar a la perfección la historia de este asesino, que se convertiría en una leyenda dentro de las crónicas policiales del mundo.
El 8 de diciembre de 1954, Mary Hogan atendía un bar en el pequeño pueblo de Plainfield, en las afueras de Wisconsin, Estados Unidos. De contextura robusta, era conocida por saber lidiar con los borrachos que asistían a la taberna.
Esa tarde, un granjero de nombre Seymour Lester ingresó al local para comprar un helado para su hija. El lugar estaba desolado, solo había una gran mancha de sangre en el piso, una taza de café y un cartucho de arma de fuego.
Por las manchas de arrastre, se podía observar que un cuerpo había sido llevado hacia el estacionamiento del lugar, justo hasta donde se encontraban unas huelas de neumáticos en la nieve. La policía no investigó correctamente, en parte por falta de experiencia; en parte por lo incipiente de la Ciencia Forense durante esos años.
El tiempo pasó y el caso quedó sin resolver. Los vecinos del tranquilo poblado decían que “la había secuestrado la mafia”, pero nunca se pensó en un crimen, a pesar de la gran cantidad de elementos que así lo indicaban.
Tuvieron que pasar 3 años, hasta 1957, para que algo llamara la atención de la gente. Bernice Worden era la dueña de una ferretería. La noche del 15 de noviembre un hombre ingresó al lugar y encargó un galón de líquido anticongelante y solicitó que se lo guardaran hasta la mañana siguiente, cuando regresaría a buscarlo.
Al comenzar el día, a los vecinos del lugar, que se encontraban en plena temporada de caza de ciervos, les extrañó que Bernice no abriera su local. Su hijo decidió entrar al lugar, pero su madre había desaparecido, al igual que Mary Hogan, 3 años atrás.
Inmediatamente buscaron en los registros de ventas y surgió el nombre del último cliente, Ed Gain. Las sospechas recayeron en él, más teniendo en cuenta que Gain había sido también uno de los últimos clientes que habían ingresado al bar de Mary Hogan al momento de su desaparición.
Recién en ese momento, el apacible pueblo de 700 personas comenzó a fijar su atención en Ed Gain y en sus extraños comportamientos. Todas las sospechas conducían a Ed, así que la policía decidió registrar la granja de los Gain, sin imaginar que descubrirían una de las escenas más macabras de la historia criminal de Estados Unidos.
Los oficiales que ingresaron a la granja no podían creer la escena que yacía ante sus ojos. Rodeados de una absoluta oscuridad, debido a que la granja no contaba con electricidad, encontraron el cuerpo de Bernice. El asesino no había siquiera intentado esconder el cuerpo. La víctima fue encontrada dentro de un galpón lindante a la vivienda. Colgada de las piernas y desollada, como si se tratara de uno de los trofeos de caza que acostumbraban a lucir los hombres del pueblo. Su corazón se encontraba sobre una estufa; su cabeza, dentro de una bolsa.
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Al ingresar a la casa, el espanto se acrecentaba más y más. Mientras registraban el lugar ayudados por linternas, un halo repugnante se cernía sobre ellos.
Más de una década de basura acumulada se mezclaba con restos humanos y diferentes objetos que Ed Gain había fabricado con partes de cadáveres. Sillas tapizadas con piel humana, cinturones confeccionados con pezones. Un corsé que había hecho con partes del torso de una de sus víctimas y una máscara de piel humana.
La macabra colección la completaban distintos tipos de vasos y jarrones hechos con cráneos y una lámpara con partes de caras humanas.
Sin embargo, en una de las habitaciones superiores, que se encontraba cerrada con llave, se situaba su “santuario”, el lugar dónde Ed Gain había cuidado a su madre hasta el momento de su muerte. La habitación estaba impoluta, con la cama tendida y una biblia que descansaba sobre la mesa de luz.
A sus 8 años decidieron mudarse de su ciudad natal, porque consideraban que ese lugar era propenso al pecado. A partir de este momento comenzó una relación de amor – odio con su madre, quien le enseñaba que las mujeres eran prostitutas creadas por el Diablo.
La muerte de su madre, Augusta, generó un gran conflicto en su mente, debido a que se sentía perdido sin ella, pero al mismo tiempo, ya no tenía que soportar sus palabras, que le reprochaban las conductas que consideraba “inmorales”. Sin embargo, la voz de su madre seguía resonando dentro de su cabeza.
Diversos psiquiatras y criminólogos estudiaron con fascinación su caso. Nunca lograron comprender cuál era el motivo de sus aberrantes crímenes, que comenzaron con el saqueo de tumbas.
Algunos expertos afirmaban que quería convertirse en mujer, por eso el corsé y la máscara de piel humana, quizás deseaba llenar el vacío que había dejado su madre al morir.
Desde un punto de vista criminológico, Ed Gain no puede ser considerado como un asesino de comportamiento sistemático, lo que se conoce como “asesino serial”, debido a que solamente mató a dos personas. Casi todos los restos humanos hallados en su casa pertenecían a tumbas que había robado.
En enero de 1958 fue diagnosticado con esquizofrenia paranoide y el juez lo condenó a ser recluido en el manicomio del Estado por tiempo indefinido. Gain escuchó la condena sin mostrar ningún tipo de sentimiento o emoción.
Pasó sus últimos años recluido en la institución para salud mental. Los guaridas que lo cuidaban afirmaban que tenía un muy buen comportamiento y que leía mucho. Falleció el 26 de julio de 1984 en el Hospital de Salud Mental de Mendota, en Madison, Wisconsin.
Circulan diversas imágenes de los objetos que fabricaba. Es difícil saber si dichas fotografías son reales y si fueron filtradas de algún expediente policial o si son replicas. Lo cierto es que las macabras “obras” de este asesino fueron secuestradas y destruidas por la policía. La granja de los Gain fue quemada poco tiempo después de que se conocieran sus crímenes.
La historia de Ed Gain, quien fue apodado por la prensa como “El Carnicero de Plainfield” inspiró innumerables personajes de novelas y película de terror, como Norman Bates, de Psicosis o quizás uno de los más célebres, Buffalo Bill, de “El silencio de los inocentes”.
Sobre el autor
Ignacio Torquemada Hormazabal es Licenciado en Criminalística; Perito en Identificación Humana y Balística Forense y Periodista. Ha trabajado en medios gráficos y radiales de la provincia, además de colaborar en investigaciones como perito de parte en diversos estudios jurídicos. Actualmente se desempeña como docente universitario en cátedras como Periodismo de Investigación y Patología Forense, además de estar trabajando en una investigación sobre una muerte dudosa.