El último informe de Unicef reveló que, pese a consolidarse la tasa general más baja en ocho años, las profundas desigualdades estructurales golpean con dureza a la niñez más postergada.
El último informe de Unicef arrojó una radiografía social compleja y contradictoria sobre la realidad argentina. Por un lado, el documento internacional destaca una tendencia positiva consecutiva en el plano macroeconómico: la cantidad de personas en situación de pobreza registró una baja sostenida, posicionando al índice general como el más bajo desde 2018.
Sin embargo, la contracara de la estadística oficial sigue encendiendo las alarmas más urgentes del país, debido a que 4 de cada 10 niños y niñas continúan viviendo bajo la línea de pobreza, desnudando una alarmante brecha estructural.
Desde el organismo internacional advirtieron de manera tajante que los promedios generales tienden a invisibilizar fuertes disparidades. La investigación refleja que la vulnerabilidad socioeconómica se ensaña principalmente con aquellos hogares que registran un clima educativo crítico u hogares liderados exclusivamente por mujeres.
En los entornos donde el nivel educativo es muy bajo, el índice de pobreza infantil alcanza al 68,8% de los menores. Asimismo, la cifra más dramática se observa en los hogares con desocupación, donde la pobreza infantil escala de forma estrepitosa hasta el 74,8%.
El relevamiento de Unicef muestra que la cantidad de niños y adolescentes en situación de pobreza se redujo de casi 6 millones en 2016 a poco más de 5 millones en el último año, mientras que la indigencia bajó a 1.120.000 menores. A pesar de este alivio estadístico que consolida una mejora respecto a los últimos ocho años, los especialistas insisten en que el diseño de las políticas públicas debe apuntar de forma urgente a revertir la desocupación en los entornos vulnerables para garantizar un descenso equitativo.