La falta de psiquiatras y la alta demanda saturan la red de salud pública provincial. Familias sufren para conseguir seguimiento médico continuo en hospitales clave.
"No estamos aceptando pacientes nuevos". La respuesta resonó con crudeza en los pasillos del Hospital Perrupato y refleja una realidad que atraviesa a la salud mental pública en Mendoza.
Ante el desborde de consultas y la falta de especialistas, cientos de familias enfrentan verdaderas odiseas para sostener tratamientos psiquiátricos que no admiten interrupciones.
El problema afecta tanto a efectores regionales como a centros de salud ambulatorios. A diferencia de otras especialidades, los tratamientos psiquiátricos suelen ser permanentes, lo que provoca que las agendas se saturen progresivamente y resulte casi imposible incorporar nuevos casos. Desde la Dirección de Salud Mental admiten que los servicios trabajan al límite de su capacidad, acelerados por un contexto social complejo tras la pandemia.
El principal cuello de botella radica en la escasez de médicos psiquiatras en el sector público. Los salarios poco competitivos frente a la actividad privada y la alta exigencia profesional dificultan cubrir los cargos vacantes. Aunque la Provincia capacitó a 150 médicos de familia y sumó 15 guardias especializadas en hospitales generales, la demanda crece a un ritmo superior al de la infraestructura.
La falta de continuidad en la medicación y los controles periódicos aumenta severamente el riesgo de recaídas y descompensaciones graves. Mientras el Estado busca reorganizar la red asistencial y formar nuevos residentes, la tensión diaria se traslada a las salas de espera, donde conseguir un turno médico sigue siendo un desafío dramático.