Entre la música, los museos y el apoyo familiar, reconstruyen una historia donde la batalla psicológica fue tan dura como las detonaciones en las islas.
La figura del veterano de Malvinas suele aparecer en la cultura popular como un héroe marcado por el silencio, tal como se refleja en ficciones recientes que imaginan encuentros entre excombatientes y la sociedad actual. Este 2 de abril, la conmemoración del Día del Veterano y de los Caídos nos invita a mirar más allá del bronce para entender las historias de vida de quienes caminaron el archipiélago.
En Mendoza, excombatientes como Carlos Hudson y Mario Olguín dan fe de que las islas nunca se fueron de su cabeza; permanecen como un recuerdo borroso que mezcla orgullo, bronca y una herida que no termina de cerrar.
Para muchos soldados, la posguerra fue un territorio tanto o más hostil que el propio campo de batalla. Hudson, miembro del Grupo de Paracaidistas IV, y Olguín, tripulante del ARA Cabo San Antonio, coinciden en que el retorno al continente estuvo marcado por la falta de contención estatal y social. "No estuvimos preparados para la vuelta", confiesa Hudson al recordar cómo los trajeron "escondidos" para luego desentenderse de su situación. Esta etapa, conocida como desmalvinización, llevó a que muchos ocultaran su condición de veteranos para poder conseguir trabajo, enfrentando un vacío emocional que derivó en graves secuelas psicológicas e insomnio.
En este contexto adverso, la familia se convirtió en el único sostén real para procesar el trauma. Hudson encontró en su esposa y en su hija, que hoy tiene la misma edad que los años pasados desde la guerra, la fuerza para reconstruirse a través de la música y la escritura bajo el nombre artístico de "El Gaucho Rivero". Por su parte, Olguín halló refugio en el trabajo municipal en Maipú, aunque admite que durante años cargó con una culpa persistente por sentir que "podría haber hecho más" en las islas. Ambos exponen una realidad dolorosa: la falta de políticas de salud mental provocó, en muchos casos, más bajas por suicidio en la posguerra que durante el combate mismo.
Hoy, la forma de mantener viva la memoria ha tomado rumbos distintos para cada uno de estos mendocinos. Mientras Hudson participa activamente en vigilias y actos oficiales cantando el himno frente a las nuevas generaciones, Olguín prefiere un perfil más reservado, aunque integra con orgullo el Museo Malvinas en Maipú. El contacto espontáneo con los jóvenes, quienes a veces le regalan sus escarapelas en la calle, representa para ellos el reconocimiento más genuino y reparador frente a tantos años de indiferencia oficial.
El futuro inmediato les depara un momento de profunda movilización emocional: un próximo viaje al archipiélago financiado por una iniciativa municipal. Acompañados por profesionales de la psicología, estos veteranos se preparan para reencontrarse con el suelo que pisaron hace más de cuatro décadas, un viaje de validación que busca cerrar círculos abiertos desde 1982. A casi 45 años de la gesta, su reclamo por la soberanía sigue firme, recordándonos que las Malvinas no son solo una fecha en el calendario, sino una parte fundamental de nuestra identidad nacional.