En medio de tensiones crecientes dentro del oficialismo, la Casa Rosada busca mostrar cohesión mientras avanza con un plan económico que exige liderazgo firme y coordinación política.
El gobierno viene de más de dos meses de un pantano, con Adorni teniendo que dar explicaciones. Eso lleva dos meses. Y cuando no había terminado ese affaire -que de hecho no terminó-, se superpone otro problema: la fractura expuesta de las dos tribus del gobierno, la de Karina y la de Santiago Caputo, con manifestaciones cruzadas en redes sociales.
Si dice: "Qué tontería, es una pequeña novela, son solo redes sociales". Pero recuerden: Javier Milei es nacido y criado en redes sociales. Su gran plataforma de lanzamiento fue de la banqueta de Intratables a la multiplicación de peces y panes que tuvo justamente ahí. El escándalo de las internas tiene consecuencias.
Como el gobierno sabe que tiene consecuencias, ayer trató de mostrar un símbolo de paz. Y ese símbolo son fotos que mostraban a integrantes de las dos tribus en disputa conviviendo felizmente en el día de la Patria.
La foto principal es la del triángulo de hierro. Ustedes creían que no existía más. Está el Presidente exultante y sus dos hermanos: la biológica y el hermano de la vida. Y acá hay un tema fundamental.
Milei tiene que ser el jefe. Queda bonito reconocerle a la hermana la influencia en la vida, el acompañamiento, la contención emocional, incluso su sagacidad para haber armado los espacios políticos en las elecciones. Milei tiene todo el derecho y la obligación de reconocerle todo eso a Karina. Pero tiene que ser el jefe.
Porque Karina Milei no puede resolver algo político: es juez y parte. Si Milei se corre, se pone solo en Olivos a hablar y a ocuparse de la economía junto a Toto Caputo, y delega toda la política a la hermana, ella no puede resolver esto porque tiene intereses y preferencias propias. Y tiene una interna muy fuerte con el otro hermano, el hermano adoptivo -así lo nombró Milei-, que es Santiago Caputo.
Si ella es la encargada de toda la política y del armado del gobierno, no puede resolver lo que Milei no le va a decir porque lo va a enojar. De algún modo, para Milei ella es un par. Son pares, por eso integran el triángulo. Milei tiene que zanjar esta diferencia y resolverla. Tiene que asumir de jefe, incluso de su hermano de la vida.
No hay ninguna relación intelectual ni dependencia emocional que le impida a Milei ponerse firme y decir "acá mando yo". ¿Y saben por qué lo digo? Porque Argentina es un país presidencialista. Somos mamíferos buscando un líder, un alfa, que dé seguridad en un país donde hay un permanente terremoto que es la economía. La gente no puede hacer nada. La gente está mirando en código binario: ¿manda o no manda? ¿Le obedecen o no le obedecen?
Además del triángulo, hay otras fotos donde el gobierno busca su símbolo de paz. Está Lule Menem a la izquierda y Santiago Caputo -el Peaky Blinder-. Un santiaguista dándole la mano firme a un karinista. ¿Ven que no hay interna? ¿Ven que no hay conflicto?
¿A quién le hablan con estas fotos? A los argentinos, sí. Pero también le hablan al mercado. Y el mercado dice: nos parece bien el rumbo, pero ¿tiene solidez esta cúpula que dirige los destinos de Argentina? ¿Van a estar compactos o las internas van a hacer detonar el rumbo?
Santiago Caputo, además, por primera vez concurrió al Tedeum. Las otras dos ediciones no fue. Y en esa foto de sonrisas aparece junto a alguien del bando contrario.
Porque acá está también la gran cuestión: ¿quién puede asegurar que una buena parte de los elementos que tomaron las causas judiciales -ANDIS, Adorni, Libra- no hayan provenido de carpetazos cruzados? Nadie puede descartarlo. Cuando hay furia, cuando hay visión de túnel, cuando hay una voluntad muy grande de correr al otro del juego -porque hay algo del orden del poder que uno quiere y que lo tiene el otro, o de negocios o de cajas-, a veces son más fuertes las ganas de anular al otro con un carpetazo que las de un proyecto de transformación que es recontradifícil.
Por primera vez fue Santiago Caputo al Tedeum. Y por primera vez no fue Victoria Villarruel. Desde lo institucional parecería incorrecto: una vicepresidenta debería formar parte de un acto tan importante como el 25 de mayo. Desde lo político, el gobierno no le perdona ni le perdonará jamás que tenga agenda y mirada propia -nacionalista, productivista y un poquitito peronista, piensan en el gobierno-. Y esa foto con Isabelita, esa foto con Insfrán y sus coqueteos con Mayans, todos esos guiños con el panperonismo le generan tanta desconfianza que la wedding planner de esta fiesta, que se llama Karina Milei, dijo: "No la invitamos al salón. Al Tedeum, no viene". Y no fue.
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A otra que la sentaron primero lejos y después la acercaron, generando todo tipo de especulaciones, es Patricia Bullrich. Bullrich no es nacida y criada en La Libertad Avanza. Karina Milei no le confía el alma en una cajita. Pero la necesitan. Es una necesidad mutua: Patricia necesita este espacio como plataforma y el espacio la necesita a ella.
Adorni ya tiene el boleto medio picado -aunque presente una declaración jurada y diga que está todo en orden, la autoridad la tiene muy mellada-. En cambio, Bullrich tiene buenas encuestas. Puede servir para la Ciudad, puede ir de vice. Es un activo demasiado fuerte. Y el gobierno, que venía bajando en imagen los últimos dos meses, la necesita.
Por eso la puede apartar y mandarla tres filas para atrás en el Tedeum. Y Patricia va caminando sola hasta el Cabildo. Alguno le grita "Patricia Presidenta". Ella se abanica, se pone colorada y le encanta. Y como le encanta, molesta en el gobierno que alguien pueda pensar en esa idea. Por eso la dejan afuera del VIP: no le dicen nada, pero le ponen la soguita. No sos lo suficientemente hegemónica para entrar.
Sin embargo, en el balcón de Casa Rosada -con todo su valor simbólico- sí la ponen a Patricia Bullrich. Ahí hay un juego de distancias, de proximidad y de lejanía que muestra un poco cómo el gobierno está y cómo trató de mostrar ayer un símbolo de paz.
Este gobierno tiene pretensiones muy grandes para un momento complejo de la Argentina. Grandes transformaciones y gran ajuste. Piensen en lo siguiente: Menem, para hacer lo que hizo -modernización, privatizaciones, gente desempleada en la calle producto de la desocupación que producían también las privatizaciones-, tuvo a casi toda la Argentina alineada. Tenía mayoría automática en el Congreso. Tenía el peronismo prácticamente verticalizado porque le había ganado a Cafiero la interna. Había puesto una Corte Suprema propia: manejaba el Poder Judicial. Manejaba prácticamente a la oposición porque el radicalismo no tenía ninguna autoridad -venía de la hiper-. Y tenía los gremios: había logrado meterse y dividir la CGT, que quedó en la CGT San Martín y la CGT Azopardo. Barrionuevo de su lado. Los gordos de la CGT y los gremios de servicio lo acompañaron en las privatizaciones. Los asoció de algún modo para avanzar. Les dio una tajadita a cada uno. No volaba una mosca.
Como sabía que en algún momento iba a ser impopular, Menem sabía que cuando perdiera el apoyo en las urnas necesitaba un respaldo: del Poder Judicial, lo tenía; del Poder Legislativo, lo tenía; de los gremios, lo tenía. Y adentro el gobierno tenía internas, porque las tenía. Pero Menem, con su sonrisita y su guiñadita de ojo, las ordenaba. Con costo, porque todos sabemos también las cosas terribles que pasaron durante el menemismo en Argentina. No fue todo tiempo feliz. Pero se ordenaban.
¿Qué quiero decir con esto? Que para el tiempo que le toca vivir a Milei, no puede haber internas a cielo abierto. Él tiene que ejercer de presidente también en la parte política y organizar su gobierno.
Milei está aplicando una intervención quirúrgica dolorosa y de duración incierta. Se llama ajuste. Él recibió de gran parte de la sociedad un cheque -no en blanco, pero sí abultado- que decía: esto no va más, aplicá el ajuste, Argentina tiene que cambiar. Pero eso tiene un tiempo.
Y a pesar de que hay algunos indicadores que el gobierno elige creer que se van a repetir -acumulación de dólares positiva, baja de inflación, el EMAE en 3,6 arriba, estancamiento de la caída del empleo-, el gobierno cree que se tocó piso. Cree. No estamos seguros de qué pasa con la próxima inflación, con el próximo registro de crecimiento. Los supermercados siguen vendiendo para abajo. El consumo sigue caído.
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Entonces estás en el medio de un momento delicado. Hay un paciente en la mesa de operaciones y hay una intervención quirúrgica que se llama motosierra, que se llama ajuste, y que es dolorosísima: está pasando sobre universidades, sobre discapacidad, sobre salud, sobre educación, sobre partes muy sensibles de un paciente que dio un mandato de motosierra. Pero que está preguntando desde la mesa de operaciones cuánto dura.
Lo que ese paciente no puede ver es que el jefe de Gabinete, en el capítulo 1000, diga que gastó 85 palos de tarjeta en 2025, cuando tenía ingresos formales por la mitad. Porque dice: si para él hay plata, a mí me estás cortando. El bisturí es plata que me están cortando. Y el tipo tenía 85 palos de tarjeta.
Y la otra es: si me están sometiendo a una intervención quirúrgica tan grave y tan compleja, y todavía no me dicen cuándo termina, yo no quiero ver los misiles cruzados ni los carpetazos entre las tribus en redes sociales. Porque me da inseguridad. Son ustedes el equipo médico que me está cortando. Quiero que estén concentrados. Si el propio presidente está distraído o no puede zanjar el conflicto entre los ayudantes en la mesa de operaciones, esto puede ser dramático.
El otro día estuvo acá Marina Dal Poggetto y dijo algo que es real. Hoy la Iglesia dijo: basta de polarización, basta de discusión, tienen que poder charlar. Lo dijo Bergoglio en 2006. Y esto no es una idea religiosa ni filosófica ni humanista ni moral. Lo que decía Dal Poggetto es fáctico.
Si no hay diálogo y viene el kirchnerismo, se viene el abismo. O si asume otro gobierno de otro signo, también. ¿Qué hacés vos? Lo mismo que hago yo: si viene el abismo, me voy al bote salvavidas. ¿Cuál es el bote salvavidas? El dólar. El poquito mango que tenga -o mucho- me lo gasto en el bote. ¿Cuánto vale subirse? Lo que te pidan. Así se arma una corrida.
El propio Milei la sufrió: se venía el abismo en septiembre, cuando en la Provincia de Buenos Aires ganó el kirchnerismo y parecía que todos a los botes.
Entonces la idea de la Iglesia, de una política de Estado donde se pueda charlar con nociones mínimas, como hizo Fernando Henrique Cardoso cuando iba a asumir Lula -que Lula le dio continuidad a algunas políticas mínimas, conservó al que estaba en el Banco Central, no hizo una maniobra donde dejó de lado todo lo hecho por Cardoso-. Si no hay eso mismo, estamos condenados a repetir este esquema de calesita en donde la Argentina gira 360 grados y estamos sentados y enterrados hace años en el mismo lugar.